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viernes, 25 de junio de 2010

La casa donde nació San Juan Bautista

Ayer comentamos la escena más importante que los Evangelios relatan entre Jesús y San Juan Bautista: su diálogo –con claras resonancias familiares- en los instantes previos al Bautismo del Señor y a la intervención de Dios Padre: “Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido” (Mt 3, 17).

Lo veíamos en la película “El hombre que hacia milagros”, y tomando pie de la fiesta del nacimiento de S. Juan. Al escribir ese comentario, vino con fuerza a mi memoria el día en que tuve la fortuna de visitar la casa donde nació el Bautista, en el centro mismo de Ain-Karim. Sobre ella se levanta hoy una preciosa iglesia, en cuya entrada unas letras de bronce anuncian al peregrino en lengua aramea que el templo está dedicado a S. Juan Bautista. Podéis verlo en el montaje fotográfico que viene a continuación.


Debajo de la foto en el pórtico del recinto, otra fotografía muestra el nombre de la iglesia en los tres idiomas en que están rotulados todos los lugares santos en Israel: hebrero, inglés y árabe. A la izquierda, podéis ver el altar que, según la tradición, se levantó sobre el lugar donde nació el Bautista. Está situado en la cripta de la iglesia, y bajo el ara hay una estrella en mármol que recuerda el lugar exacto. Como veis, pude acercarme a ese punto tan emblemático y besar el sitio donde vino al mundo el Precursor. Si ampliarais la foto, podríais ver que está escrito en latín: “Hic Precursor Dominus natus est”.

jueves, 24 de junio de 2010

La amistad entre Jesús y S. Juan Bautista en el cine

De los personajes importantes que rodearon a Jesús, S. Juan Bautista es, probablemente, el que menos aparece en los Evangelios y en las películas sobre Jesucristo. Y, sin embargo, del que más se está hablando en los últimos años.

La Iglesia celebra hoy su nacimiento porque su madre Santa Isabel estaba embarazada de seis meses cuando la Virgen recibió el anuncio del Ángel y concibió por obra del Espíritu Santo (Lc 1, 36). Como el nacimiento de Cristo se celebra el 24 de diciembre, el del Bautista quedó fijado seis meses antes de esa fecha.

A lo largo de la historia del cine, el personaje del Bautista ha sido interpretado por actores de muy diverso carisma, que han ofrecido de él un retrato también muy diverso. En “Rey de Reyes” (1961), un estirado Robert Ryan aparece en escena acartonado y solemne, haciendo muy poco creíble su personaje. Más fuerza tiene, sin duda, el encarnado por Charlon Heston en “La historia más grande jamás contada” (1965), que aflora en la pantalla con mucho mayor relieve. Aunque algo gritón y estridente en sus predicaciones, muestra una faceta más atractiva y valiente al enfrentarse a los romanos y al cantar las verdades al Gobernador adúltero; cuando los soldados van a arrestarle, se niega a aceptar la orden y hasta lucha contra los que van a sujetarle. Finalmente, en “Jesús de Nazaret”, Michael York encarnó a un Juan Bautista verdaderamente fiero e indomable; un auténtico león del desierto, fustigador incansable de las veleidades de Herodes con Herodías, que tiene en su favor un mayor tiempo de aparición en pantalla… aunque su personaje brilla con menos luz que el desarrollado por Heston.

En el Evangelio, la única escena que los une (al margen de las afirmaciones que cada uno hace sobre el otro: todas ellas importantes) es la del Bautismo del Señor. Y hay una película que ha reflejado esa secuencia con un sabor propio, verdaderamente genuino y original. Me refiero a “El hombre que hacía milagros”. Esta película saca a flote en esta escena la vida escondida que sin duda compartieron en su infancia. Muy sutilmente alude al parentesco entre ambos, y supone una lógica relación de sus madres cuando ambos eran niños. Si ambas conocían la identidad de Jesús y la del Bautista, si ambas sabían que los destinos de sus hijos iban a estar entrelazados; y, sobre todo, si ambas eran primas que habían vivido juntas el nacimiento del Bautista, ¿cómo no suponer que ambas debieron compartir largas e intensas confidencias.

En “El hombre que hacía milagros” vemos primero al Bautista que predica con fuerza el arrepentimiento y anuncia la llegada del Mesías: “Él os bautizará con Espíritu Santo y con fuego”. También acalra su misión de precursor a quienes le preguntan si es él el Mesías: “Yo soy la voz del que clama, el que abre camino en el desierto”. Cuando, de repente, ve llegar a Jesús, reconoce inmediatamente a su primo, que es también el Hijo de Dios; y su tono cambia y se dulcifica: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Anonadado, se resiste a bautizar a Jesús en el Jordán, y Jesús tiene que recordarle con ternura: “¡Juan!, ¡¡Juan!! Cuando éramos niños jugábamos junto a este río. Nuestras madres nos llamaban y corríamos hacia ellas. Las seguíamos”. El Maestro se detiene un segundo, y enlazando esas llamadas de las voces maternas con su actual vocación divina, concluye: “Ahora oigo otra llamada: la de mi Padre del Cielo. Y debo seguirla”. Aquí tenéis la escena: merece que le dediquéis un minuto para verla y otro más para escribir vuestros comentarios.

jueves, 15 de octubre de 2009

Un Jesús cercano y amable

El hombre que hacía milagros” fue una gesta cinematográfica sin precedentes, que tardó más de cinco años en llevarse a cabo. Comenzó en 1995, con dos equipos de animadores trabajando simultáneamente a más de cuatro mil kilómetros de distancia (en Cardiff, Gales, y en Moscú, Rusia). Era la primera vez que un largometraje se hacía enteramente con la técnica claymation (de clay, arcilla, y animation), y eso supuso asumir un nivel de riesgo muy superior al de cualquier otra animación de la época.

Fue el sueño dorado de una joven productora rusa, Christmas Films, que habían fundado varios animadores del mítico estudio de animación estatal, Soyuzmultfilm, tras la caída de la URSS. Habiendo tenido que ocultar sus creencias cristianas mientras trabajaban allí, se decidieron a crear su propio estudio para desarrollar historias que reflejaran los valores de su Fe. Tras varios cortometrajes, su primer gran proyecto fue éste.

Lo más interesante y llamativo de la película es que, a pesar de contar la historia con figuras de barro, es capaz de construir una imagen entrañable de Jesús. La imagen de una persona muy cercana, que es siempre amable, sonriente, sin dejar de ser Dios. Es la primera vez que le vemos reír abiertamente en un filme, o bromear con sus amigos de Betania, o acariciar a los niños y besarlos.

Quizás por temor a representarlo demasiado humano —como si eso “disminuyera” su divinidad, o como si eso comportara verlo frágil, o incluso débil—, los anteriores filmes habían optado siempre por una imagen majestuosa, con actitudes y gestos de marcado hieratismo. En todas las películas anteriores Jesús se mantiene distante, diferente a nosotros. En ésta, por el contrario, sorprende la cercanía de Cristo: un amigo de los hombres de su tiempo; y, sobre todo, el amigo predilecto de los niños.

Frente a algunas visiones de los sesenta, que muestran respetuosamente a un Jesús lejano y solemne; y frente a las visiones humanizadas de los setenta, que retratan a un Jesús social y revolucionario, este filme continúa la línea de Jesús de Nazaret y logra un equilibrio aún más acendrado. Porque aquí el Maestro manifiesta en todas las secuencias un sorprendente buen humor. Es cariñoso, atento a los detalles; sabe cómo dirigirse a cada uno, cómo tratar a los niños y a los adultos, a los pobres y a las autoridades; sabe cómo y cuándo debe sonreír. Y todo, sin que nada nos haga olvidar que es Dios, al mismo tiempo.

El mérito principal de este logro debemos atribuirlo, sin duda, al brillante guión de Murray Watts, que con fina precisión define el carácter del Maestro; pero también contribuye el tono acertado de Joseph Fiennes en los diálogos, y el hecho de que ningún actor conocido dé vida al personaje: curiosamente, la figura de Jesús resulta más convincente y humana porque no se identifica con ningún actor de carne y hueso.

En este retrato humano de Jesús, cobran especial significación las relaciones humanas. Así, somos testigos del trato afectuoso del Maestro con Marta, María y Lázaro, sus grandes amigos de Betania. En esa casa presenciamos la escena más distendida de todo el filme. Jesús ha sido invitado a hospedarse con ellos, y ya de noche, ríen alegremente durante la cena. En un momento, la conversación se vuelve íntima, y Lázaro aprovecha la ocasión para sondear a su amigo: “No lo entiendo. Cuando murió José, te legó un buen juego de herramientas, un taller y buenos contactos en las grandes ciudades…”.

Jesús le ve venir e intenta zanjar la cuestión: “Lázaro, debo ocuparme de una nueva obra”. Pero María, sentada a sus pies, da un giro a la conversación: “¿A eso te refieres cuando hablas del Reino?”. El Maestro la mira con ternura y le sonríe, porque el amor de esa mujer ha sabido descubrir su verdad más honda. Con ese gesto de tono trascendente podría haber concluido la escena; pero el filme, que nunca deja a un lado la humanidad de Cristo, enlaza ese momento místico con una broma simpática. Lázaro, que no se resigna a perder de vista al amigo, añade en tono lastimoso: “¡Sí, el Reino de Dios! Pero la última vez que viniste nos arreglaste la puerta…”. Y Jesús, con una alegre sonrisa, aprovecha esa frase para cerrar definitivamente el diálogo: “Espero, al menos, que la puerta siga abriendo bien”.

Por otra parte, la película desarrolla también la relación del Señor con Juan Bautista: su delicada y amistosa relación familiar se pone de relieve en la escena del Bautismo. Cuando éste se resiste a bautizarle en el Jordán, Jesús le recuerda con ternura: “¡Juan!, ¡¡Juan!! Cuando éramos niños jugábamos juntos en este río. Nuestras madres nos llamaban y corríamos junto a ellas”. El Maestro se detiene un segundo, y enlazando el recuerdo de las voces maternas con su actual vocación divina, concluye: “Ahora oigo otra llamada: la de mi Padre del Cielo. Y debo seguirla”.