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domingo, 8 de abril de 2018

"Pablo, el Apóstol de Cristo"

(JUAN JESÚS DE CÓZAR). Ha sido sin duda la película de esta Semana Santa. “Pablo, el Apóstol de Cristo” es una correctísima propuesta de Affirm Films, la división de Sony para la producción de filmes de temática religiosa. Escrita y dirigida por Andrew Hyatt, responsable también de la notable “Llena de gracia” (2015) sobre los últimos días de la Virgen María, la cinta fue rodada en la isla de Malta y cuenta con buenos valores de producción y meritorias interpretaciones.

Hyatt se toma su tiempo para recrear lo que podría haber sido el origen de la escritura de los Hechos de los Apóstoles, porque busca involucrar al espectador a través de un proceso reflexivo y no meramente emotivo o visual. El guión nos presenta a un San Pablo anciano (James Faulkner) encarcelado en Roma, que es visitado por San Lucas (Jim Caviezel). El gobernador de la prisión es Mauritius Gallas (Olivier Martinez), militar cuya hija se encuentra gravemente enferma. El personaje de San Lucas sirve también de nexo con una importante subtrama de la película, centrada en la dura situación de los cristianos perseguidos por Nerón, a los que Aquila y Priscila (John Lynch y Joanne Whalley) intentan proteger.

El filme está recorrido por la inquietud y las dudas que pesan sobre casi todos los personajes, que deben tomar decisiones difíciles. Y, de alguna manera, todos esperan las luces que les pueda aportar San Pablo, porque él conoció –se le apareció– el Maestro. Este enfoque permite al director ofrecernos sabrosos textos de las cartas paulinas, con especial mención del Himno a la caridad (1 Co 12,31-13,13), objeto de una hermosa y emocionante escena.

Frente al silencio de los dioses paganos que no responden a las peticiones de Mauritius, el Dios que predica San Pablo habla a través de las vidas generosas de cristianos corrientes y pacíficos, enamorados de Cristo y dispuestos a seguirlo hasta la muerte si es preciso. Un contraste aplicable a nuestros días y que resuena en estas palabras del Papa Francisco: “El mundo odia a los cristianos por la misma razón que odiaban a Jesús: porque ha llevado la luz de Dios a un mundo que prefiere las tinieblas para esconder sus obras malvadas. Por esto, hay oposición entre la mentalidad del Evangelio y la mundana”.

Es cierto que una mayor agilidad narrativa hubiera beneficiado a la cinta y facilitado el acceso del público juvenil, acostumbrado a otros ritmos visuales y expresivos. No obstante, películas tan positivas como “Pablo, el Apóstol de Cristo” o “El caso de Cristo”, estrenada unas semanas antes, demuestran el creciente acierto de algunos productores a la hora de abordar en el cine cuestiones religiosas o espirituales.

viernes, 22 de abril de 2016

"Llena de gracia": Lo que María guardaba en el corazón

(JUAN JESÚS DE CÓZAR) Como algún lector habrá adivinado, el subtítulo de la reseña lo tomo prestado del estupendo libro de José María Pemán, publicado en 1962, porque resume muy bien el contenido de “Llena de gracia”, la película a la que dedicamos estas líneas.

El film llega a las pantallas españolas el próximo 13 de mayo, con un estreno inicial limitado a varias capitales, entre las que se incluye Sevilla. Ganadora en 2015 del premio al mejor guión en el Festival Internacional de Cine Juan Pablo II celebrado en Miami, esta cinta del norteamericano Andrew Hyatt –también autor del guión– recrea los últimos días de la Virgen en la tierra.

La iglesia está en plena expansión, creciendo a un ritmo vertiginoso que llena a los Apóstoles de gozo pero también de preocupación: necesitan aclarar algunas cuestiones doctrinales, organizar mejor la formación de los nuevos bautizados…, y acuden a Pedro en busca de respuestas. Pedro, en medio de sus dudas, recibe la llamada de María, que vive retirada en un lugar tranquilo. Este podría ser el resumen del planteamiento del film.

Hyatt elige un tono intimista, sosegado y discursivo, que busca introducir al espectador en un clima meditativo que le facilite la reflexión sobre lo que está viendo y, particularmente, sobre lo que está oyendo. Bahia Haifi, actriz de origen argelino afincada en Estados Unidos, encarna a la Virgen con la sutileza que requiere un papel tan difícil, apoyando su interpretación en unos movimientos pausados, en su sonrisa serena y en el tono emocionado con el que narra sus recuerdos: la Anunciación, la matanza de Herodes; la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo… Le acompaña bien un actor experimentado como Noam Jenkins, representando al Apóstol Pedro.

Aunque se trata de una producción modesta, cuenta con una cálida fotografía de Gerardo Madrazo, realista en los pasajes relatados en presente y luminosa en los flashbacks, y con una banda sonora con aires de música sacra de Sean Johnson.

La película, que interesará especialmente al público católico, deja un poso de serenidad y alegría, y la sensación de habernos “colado” en esos sabrosos encuentros de María con Pedro y los demás Apóstoles, para participar de sus inquietudes, de sus conversaciones, de sus “tertulias”… Y la convicción de que María puede ser llamada, sin género de dudas, Madre de la Iglesia.

domingo, 22 de junio de 2014

La vocación de San Pedro en el cine

Este próximo domingo es la solemnidad de S. Pedro y S. Pablo. Por eso hoy quería analizar cómo el cine ha reflejado la vocación de San Pedro; una llamada muy especial, pues aquel pescador iba a ser, nada más y nada menos, que la Cabeza de la Iglesia.

De todas las películas, he querido fijarme en “Jesús de Nazaret” porque esta cinta es, en mi opinión, la que mejor desarrolla la personalidad de Pedro y su profunda transformación interior. Esa transformación acontece en tres fases sucesivas y le hace capaz de responder a la llamada divina. Pero esto no se produce sin fuertes resistencias por su parte.

El primer encuentro entre los dos acontece en Cafarnaúm, junto al lago de Genesaret (Lc 5, 1-11). Jesús pasea por la ribera junto a los dos primeros discípulos, Juan y Andrés. Éste último ve llegar a su hermano Pedro, que a base de gritos y aspavientos dirige la nave hasta el embarcadero. Así se nos presenta: como un hombre protestón y enérgico, quejoso empedernido de la poca pesca y de los muchos impuestos.

Andrés se le acerca: “Éste es el hombre del que te hablé, el hombre del que hablaba Juan el Bautista”. Y las primeras palabras de Simón no pueden ser más ariscas: ¿Qué, otro hombre santo? ¿Otro de esos que nos dicen que tengamos paciencia, que ya vendrán tiempos mejores?... Mucho hablar mientras nos estamos muriendo de hambre”. Para sorpresa de todos, Jesús hace caso omiso de ese desplante y le dice con firmeza: “¡Vuelve de nuevo a pescar! Yo iré contigo”. A Pedro se le atraganta el vino que ha empezado a beber y se vuelve airado hacia Él: ni es el mejor momento para pescar ni está de humor para volver a intentarlo. Se le acerca enérgico, pero la mirada del Señor le aplaca. La música anuncia con sigilo el inicio de la conversión de Pedro, quien finalmente asiente: “Fiado en tu palabra, echaré las redes”. Y acontece la pesca milagrosa…



Poco después, Mateo entra en escena. Ha oído hablar de la gran pesca de Simón y se dirige a su casa para recaudar impuestos atrasados, ahora que tiene con qué pagar. En cuanto traspasa el umbral, Pedro se abalanza sobre él y le increpa, y tienen que separarle: “¡Es un pecador que se atreve a entrar en mi casa!. Pero Jesús, que también está presente, reacciona de modo totalmente opuesto: “Mateo, esta noche iré yo a cenar a la tuya”.

Ésta afirmación suscita la primera controversia entre los discípulos. Cambia la escena. Ahora es de noche y los futuros apóstoles pasean junto al lago mientras critican la ocurrencia del Maestro: ¡Ir a cenar a casa de un publicano! Incapaces de resolver la situación, le piden a Pedro que hable con Jesús (lo cual implica que ya entonces le ven como cabeza del grupo). Pero Pedro parece echarse atrás en su aún incipiente vocación: “Andrés, yo no soy como tú, yo no sigo a sacerdotes y profetas. Yo soy un pescador. Si seguiste al Bautista, ¡sigue a éste!”. Alguien interviene, pero Pedro se revuelve con evidente enfado: “¡Dejadme en paz! ¿Por qué lo habéis traído a mí? Ésta es mi vida: mis redes, mi barca… ¡Adelante, seguidle, pero dejadme en paz!”. Cuando los demás se marchan, advertimos la profunda conmoción por la que atraviesa el alma de Pedro. No quiere abandonar su vida ni su barca… pero tiene la certeza interior de que Dios le está llamando.



El largo proceso de la respuesta de Pedro a su vocación culmina poco después, en la escena en que Jesús desembarca a la orilla del lago para iniciar una nueva predicación a la muchedumbre. Las gentes le esperan alborozadas,y algunos se arrojan al lago para salir a su encuentro. De nuevo la música nos hace partícipies de la alegría de la muchedumbre. Mateo, que ha quedado un poco rezagado, mira un instante a Pedro. Ahora es su mejor amigo del grupo, y le duele ver la duda que está comiéndole por dentro. No quiere ni puede forzarle: le hace un gesto con la mano y se dispone a seguir a Jesús. Pedro le ve partir y se queda pensativo un instante. Finalmente, salta al agua, introduce la soga en la barca y la empuja decididamente hacia el lago. “¡Lleváosla! —dice a los jornaleros—. Volved a Cafarnaúm”. Todavía le vemos dudar, cuando cruza su mirada uno de los braceros. Pero la barca se va, y él definitivamente se queda. Es, traducida en imágenes, la traslación de lo que narran los Evangelios: “Y ellos —Simón y los hijos de Zebedeo—, sacando las barcas a tierra, dejaron todas las cosas y le siguieron” (Lc 5, 11).

martes, 3 de julio de 2012

Sorprendente elogio del Apóstol Tomás en la serie "Perdidos"

No es habitual que una TV movie o una teleserie ensalcen la vida de un santo. Mucho menos, la de un Apóstol de la Iglesia. Los temas religiosos suelen producir "sarpullidos" en buena parte de los guionistas televisivos, porque se salen de las tramas habituales de la esfera audiovisual: conflictos, enamoramientos, tragedias, ambiciones, sentimientos, pasiones...

Sí. Un santo es un personaje extraño en una serie. Por eso se evita el mencionarlos, pues los productores temen resultar "poco correctos", lo que quiere decir: demasiado moralizantes para un mundo que rehúye el compromiso ético, o demasiado elevados para unas tramas pegadas a ras de suelo.

Por eso me gustó mucho una escena de la 5ª temporada de Lost (Perdidos) en la que un personaje ensalza la figura del Apóstol Tomás, cuya fiesta celebramos hoy. Ante un desconcertado e incrédulo Jack Shephard, Benajmin Linus rememora su figura. Afirma que todo el mundo le conoce por su falta de Fe: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos, no creeré». Sin embargo, mucho antes de esa escena, Tomás mantuvo una actitud valiente cuando el resto de los Apóstoles se mostraba acobardado. Cuando Lázaro ha muerto, y Jesús anuncia su intención de ir a Jerusalén, los discípulos se resisten a esa decisión, porque saben que los judíos lo esperan para apedrearlo. Es entonces cuando suena la ardiente frase de Tomás: "Vayamos también nosotros, para que muramos con Él".

Esta reflexión la escuchamos en la serie en labios de Benjamin, y en un escenario muy significativo. Están en una iglesia, y allí las dudas de Jack se nos muestran como una incapacidad para creer. Y, además, están junto a la copia de un famosísimo cuadro: "La incredulidad de Santo Tomás" (el que encabeza este post), donde Caravaggio plasmó el instante supremo en el que el atormentado discípulo metió sus dedos en el costado abierto de Jesús.

Una escena (dura 1 minuto) muy apropiada para hoy. Por la respetuosa referencia bíblica, por el ajustado simbolismo entre aceptación de la fe y descubrimiento de la verdad..., y porque es una delicia encontrarse perlas como ésta en una serie mítica como Perdidos. ¡Ah! Y por la fiesta que celebramos hoy...

Espero que os guste.

jueves, 7 de junio de 2012

La superproducción "Anno Domini" (6 capítulos) en 13TV: los viernes 8 y 15 de junio

Jerusalén en el siglo I es el punto de partida de “Anno Domini”, una superproducción que mañana viernes llega a las pantallas de la cadena de televisión 13tv. En ella se narran las vivencias de los apóstoles tras la resurrección de Jesús, momento en el que inician sus viajes para trasladar la Palabra de Dios por distintas partes del Imperio Romano. La cinta se rodó en 1985 expresamente para televisión, y cuenta con seis capítulos que 13tv emitirá los días 8 y 15 de junio a las 22.00 h.

Anno Domini”, que recibió grandes elogios de la crítica y el respaldo de los espectadores, cuenta con un destacado reparto en el que destacan Ava Gadner, Susan Sarandon, Fernando Rey y Jennifer O´Neil. Fue dirigida por Stuart Cooper y producida por Anthony Burgess y Vincenzo Labella, los mismos que diez años antes habían producido la mini-serie "Jesús de Nazaret" (Franco Zeffirelli, 1977). La película ganó un Premio Emmy por sus efectos visuales. Y en el doblaje español tiene un formidable elenco de voces conocidas.

La película refleja la historia del nacimiento del Cristianismo y la decadencia del Imperio Romano, a través de los mandatos de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón. A los personajes históricos se unen otros ficticios que añaden valor dramático, emotivo y también temático.

El ciclo “Fe en el Cine” de 13tv presenta cada viernes grandes títulos del cine religioso. “San Pedro”, “La Poderosa Sierva de Dios”, “Pío XII” o “Juan Pablo I” son algunas de las cintas que han sido proyectadas por el canal de TDT.

Os dejo aquí los primeros 8 minutos de “Anno Domini”.

miércoles, 29 de junio de 2011

La llamada de Jesús a San Pedro en "Jesús de Nazaret" (1977)

Hoy, solemnidad de S. Pedro y S. Pablo, quería rescatar un artículo que publiqué en este blog sobre cómo había reflejado el cine la vocación de Pedro; una llamada muy especial, pues aquel pescador iba a ser, nada más y nada menos, que la Cabeza de la nueva Iglesia que venía a fundar.

De todas las películas, he querido fijarme en “Jesús de Nazaret” porque ésta cinta es la que mejor desarrolla la personalidad de Pedro y su profunda transformación interior, que acontece como en tres etapas y que le hará capaz de responder a la llamada divina. Pero esto no se producirá sin fuertes resistencias por su parte.

El primer encuentro entre los dos acontece en Cafarnaúm, junto al lago de Genesaret (Lc 5, 1-11). Jesús pasea por la ribera junto a los dos primeros discípulos, Juan y Andrés. Éste último ve llegar a su hermano Pedro, que a base de gritos y aspavientos dirige la nave hasta el embarcadero. Así se nos presenta: como un hombre protestón y enérgico, quejoso empedernido de la poca pesca y de los muchos impuestos.

Andrés se le acerca: “Éste es el hombre del que te hablé, el hombre del que hablaba Juan el Bautista”. Y las primeras palabras de Simón no pueden ser más ariscas: ¿Qué, otro hombre santo? ¿Otro de esos que nos dicen que tengamos paciencia, que ya vendrán tiempos mejores?... Mucho hablar mientras nos estamos muriendo de hambre”. Para sorpresa de todos, Jesús hace caso omiso de ese desplante y le dice con firmeza: “¡Vuelve de nuevo a pescar! Yo iré contigo”. A Pedro se le atraganta el vino que ha empezado a beber y se vuelve airado hacia Él: ni es el mejor momento para pescar ni está de humor para volver a intentarlo. Se le acerca enérgico, pero la mirada del Señor le aplaca. La música anuncia con sigilo el inicio de la conversión de Pedro, quien finalmente asiente: “Fiado en tu palabra, echaré las redes”. Y acontece la pesca milagrosa…



Poco después, Mateo entra en escena. Ha oído hablar de la gran pesca de Simón y se dirige a su casa para recaudar impuestos atrasados, ahora que tiene con qué pagar. En cuanto traspasa el umbral, Pedro se abalanza sobre él y le increpa, y tienen que separarle: “¡Es un pecador que se atreve a entrar en mi casa!. Pero Jesús, que también está presente, reacciona de modo totalmente opuesto: “Mateo, esta noche iré yo a cenar a la tuya”.

Ésta afirmación suscita la primera controversia entre los discípulos. Cambia la escena. Ahora es de noche y los futuros apóstoles pasean junto al lago mientras critican la ocurrencia del Maestro: ¡Ir a cenar a casa de un publicano! Incapaces de resolver la situación, le piden a Pedro que hable con Jesús (lo cual implica que ya entonces le ven como cabeza del grupo). Pero Pedro parece echarse atrás en su aún incipiente vocación: “Andrés, yo no soy como tú, yo no sigo a sacerdotes y profetas. Yo soy un pescador. Si seguiste al Bautista, ¡sigue a éste!”. Alguien interviene, pero Pedro se revuelve con evidente enfado: “¡Dejadme en paz! ¿Por qué lo habéis traído a mí? Ésta es mi vida: mis redes, mi barca… ¡Adelante, seguidle, pero dejadme en paz!”. Cuando los demás se marchan, advertimos la profunda conmoción por la que atraviesa el alma de Pedro. No quiere abandonar su vida ni su barca… pero tiene la certeza interior de que Dios le está llamando.



El largo proceso de la respuesta de Pedro a su vocación culmina poco después, en la escena en que Jesús desembarca a la orilla del lago para iniciar una nueva predicación a la muchedumbre. Las gentes le esperan alborozadas,y algunos se arrojan al lago para salir a su encuentro. De nuevo la música nos hace partícipies de la alegría de la muchedumbre. Mateo, que ha quedado un poco rezagado, mira un instante a Pedro. Ahora es su mejor amigo del grupo, y le duele ver la duda que está comiéndole por dentro. No quiere ni puede forzarle: le hace un gesto con la mano y se dispone a seguir a Jesús. Pedro le ve partir y se queda pensativo un instante. Finalmente, salta al agua, introduce la soga en la barca y la empuja decididamente hacia el lago. “¡Lleváosla! —dice a los jornaleros—. Volved a Cafarnaúm”. Todavía le vemos dudar, cuando cruza su mirada uno de los braceros. Pero la barca se va, y él definitivamente se queda. Es, traducida en imágenes, la traslación de lo que narran los Evangelios: “Y ellos —Simón y los hijos de Zebedeo—, sacando las barcas a tierra, dejaron todas las cosas y le siguieron” (Lc 5, 11).

martes, 29 de junio de 2010

La vocación de San Pedro en el cine

Hoy solemnidad de S. Pedro y S. Pablo, quería analizar cómo ha reflejado el cine la vocación de Pedro; una llamada muy especial, pues aquel pescador iba a ser, nada más y nada menos, que la Cabeza de la nueva Iglesia que venía a fundar.

De todas las películas, he querido fijarme en “Jesús de Nazaret” porque ésta cinta es la que mejor desarrolla la personalidad de Pedro y su profunda transformación interior. Una transformación que acontece como en tres etapas y que le hará capaz de responder a la llamada divina. Pero esto no se producirá sin fuertes resistencias por su parte.

viernes, 28 de mayo de 2010

La Virgen tras la Resurrección: Madre de la Iglesia, Reina de los Apóstoles

Cierro hoy la trilogía mariana que he desarrollado esta semana con la miniserie “Jesús y su plasmación de algunas invocaciones a la Virgen. Dos escenas de aquella cinta nos han servido para verla como Madre de los cristianos (las bodas de Caná) y Madre de Cristo (Muerte y Sepultura de su hijo). La secuencia que hoy he escogido (la aparición de Cristo a los Apóstoles) nos ayudará a verla como Madre de la Iglesia y como Reina de los Apóstoles.

Todas las películas que han recogido este pasaje, muestran a los once Apóstoles timoratos, indecisos, sin convicción alguna. Les falta la gracia y el empuje –la Fe sobrenatural– que el Señor, primero, y el Espíritu Santo, en Pentecostés, les traerán a raudales para iniciar la misión de la Iglesia. El pasaje que os adjunto comienza justo después del encuentro de Jesús con María Magadalena. Llena de Fe y de una alegría desbordante, corre a decírselo a los discípulos, pero ellos no le creen...

Hasta aquí, como en los Evangelios. Pero hay una novedad en esta secuencia: con los Apóstoles está la Virgen, Madre de la Iglesia. Y su presencia (como señalaba Pilar Urbano en un comentario publicado en este blog) eleva el ánimo de esos hombres apocados, disipa sus dudas y temores, y les prepara para creer. Así prende en ellos el deseo de ver a Jesús... Y entonces, Jesús aparece.

miércoles, 26 de mayo de 2010

La Virgen en el Calvario y la Sepultura: Madre de Cristo

La escena cumbre de todas las películas sobre Jesús es siempre su muerte en la Cruz, junto con el descendimiento y la sepultura. En todas esas versiones cinematográficas vemos siempre a la Virgen como de fondo, abatida por los acontecimientos y en una actitud más o menos pasiva.

Pero hay una cinta (la miniserie “Jesús, 1999, de Roger Young) que ofrece una singular y preciosa interpretación de todo ese pasaje. La Virgen (encarnada maravillosamente por Jacqueline Bisset), en un gesto de amor maternal y de Fe llena de cariño, limpia el rostro lacerado de su Hijo y se arrodilla emocionada cuando unos hombres corren la pesada losa que cierra su tumba.

El fragmento que ahora ofrezco de “Jesús” (2’45“) es la mejor versión de esta secuencia que he visto en toda mi vida. Primero recoge, de forma sintética, un cúmulo de menudos detalles que los Evangelios refieren sobre la muerte de Cristo:

- Los soldados se reparten sus vestidos
- La naturaleza entera, y el Templo, sufren una fuerte sacudida
- El Señor se dirige al Padre: “¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”
- La Virgen, la Magdalena y San Juan acompañan a Cristo junto a la Cruz.
- Tiembla la tierra y se quiebran las rocas.
- Judas se ahorca

Y, a continuación, en abrupto y bellísimo contraste, la segunda parte de este clip muestra escenas altamente emotivas:

- Descienden a Jesús y lo ponen en brazos de María
- Traslado silencioso hasta la sepultura
- María limpia su rostro y lo perfuma
- Mientras corren la losa sobre la puerta de la tumba, la Virgen se arrodilla emocionada y todas las Santas mujeres con Ella.

De fondo, en esta segunda parte escuchamos el delicado canto “Pie Jesu”, en la versión de Andrew Lloyd Weber, interpretada por Sarah Britghtman, que resulta maravillosamente conmovedora.

Como homenaje a la Virgen, en estos últimos días del mes de mayo, quería compartir con vosotros este fantástico momento que descubrimos aquí como inequívocamente mariano. Por favor, decidme hoy también qué es lo que más os ha gustado de este pasaje: me encantará leer vuestros comentarios.

lunes, 24 de mayo de 2010

La Virgen en Caná: Madre de los cristianos

Entramos en la última semana del mes de mayo, y es lógico que en este blog prestemos un poco de atención a la figura de la Virgen en las películas: en concreto, a su papel en la vida del Señor. Comenzaremos por aquella escena –importantísima- en que dio comienzo su vida pública.

El pasaje de las bodas de Caná es quizás la escena menos veces representada en la pantalla. Fue recogida fugazmente en dos filmes mudos: “Vida y pasión de Jesucristo” (1907), de Ferdinand Zecca, y “Son of Man” (1915), de Adolph ZuKor. Tras sesenta años de olvido, fue reinterpretada, con resultados más que dudosos, en tres cintas polémicas: “Gospel Road” (1973), “La última tentación de Jesucristo” (1988) y “The Life of Jesus: The revolutionary” (1995). Su más fidedignas representaciones llegarían con “María, Madre de Jesús” (1999), de Kevin Connor; y, sobre todo, con la mini-serie “Jesús” (1999), de Roger Young, donde esta escena alcanza su máximo esplendor.

Sabemos que esa boda tuvo lugar al comienzo de la vida pública del Señor, poco después de que Juan el Bautista le señale ante Juan y Andrés como “el Cordero de Dios” y anime a estos dos a que le sigan. Este detalle es recogido fielmente en la película, pues ellos son los únicos acompañantes del Maestro en los festejos de Caná.

Lo más importante aquí es el papel central de la Virgen, su actuación maternal, atenta a las necesidades materiales de los hombres. Por eso se da cuenta, antes que ninguna otra persona, de que va a faltar el vino. Es propio de una madre, y también de un ama de casa atenta, darse cuenta de esos pequeños detalles. Debió de percibir que las jarras ya no subían de la bodega tan llenas como al principio, y comprendió que aquella alegre fiesta podría terminar en una situación molesta y embarazosa. Por eso acudió a su Hijo. Y aunque Él contestó: “Aún no es llegada mi hora”, Ella le conocía bien y supo intuir que sí era la hora, que sólo hacía falta que se lo pidiera. Y en un acto de audacia impresionante, dijo a los criados: “Haced lo que Él os diga”. Y consiguió el milagro.

lunes, 26 de abril de 2010

El "Discípulo" falso y amargado de Barrachina


No quería hablar de "El Discípulo" mientras no fuera estrictamente necesario, pues toda mención pública –también las referencias críticas– ayudan indirectamente a la promoción de cualquier filme, y muy especialmente a los de tinte polémico como éste.

Pero ha llegado un punto en que sí es conveniente hablar de esta película. Se ha estrenado, ha levantado polvareda (acrecentada, como siempre, por los medios de comunicación) y ha suscitado denuncias críticas en uno y otro sentido. Y aunque sólo se ha estrenado en 60 salas en toda España (a fecha de hoy debe ser una cifra mucho más reducida), algunos quieren aumentar su recaudación a base de controversias en los medios.

Digámoslo claramente. Esta película, basada en una desconocida novela de Esteban Poullet y alejada por completo de los Evangelios, no quiere contar la vida de Jesús, sino la que su director, Emilio Ruiz Barrachina, y su “asesor científico”, Antonio Piñeiro, han querido relatar. Y la promocionan presentándola como “la historia no revelada” de Jesús. (¡Vaya recurso original! Eso lo he oído decir de todas las cintas que se han inventado la biografía de Jesús). Por si quedara alguna duda, aquí están las palabras de su director: “Mi película es un disparo a la línea de flotación de la religión cristiana. Presento una imagen de Jesús muy similar a la que todos conocemos a nivel iconográfico, pero totalmente distinto como persona. Es la historia de Jesús no revelada”.

Juan Orellana, Director del Departamento de cine de la Conferencia episcopal, señala que “su objetivo es negar la divinidad de Cristo, su concepción virginal, su resurrección, su celibato y su relación personal con Dios”. Así resume el argumento:

En los títulos de crédito ya se expone visualmente la propuesta del film: se ve un icono de Cristo del que se va borrando progresivamente el halo de santidad que rodea su cabeza. La película desdiviniza a Cristo; es su principal intención. (...) En la película Jesús era hijo de una familia numerosa, su madre María no era virgen, San José murió en un combate a espada contra los romanos, y Jesús era cojo, a consecuencia de una herida de espada. Este Jesús era el discípulo predilecto de Juan el Bautista, un agitador antirromano. Jesús se convierte en el líder de una célula antiimperialista que lo que pretende es dar un golpe de estado en Jerusalén. Judas Iscariote es el encargado de conseguir armas en el mercado negro. María, al ver que su hijo se va a meter en un lío, le pide a la Magdalena, la prostituta del pueblo, que le seduzca para ver si así el díscolo hijo se centra en otras cosas. Y la Magdalena, aprovechando la importante cogorza que Jesús coge en las bodas de Caná, lo consigue. Y así es toda la película hasta llegar a una Pasión de tebeo, que pone el broche de oro a este delirio”.

Como cabía esperar, en la película no hay milagros, ni resurrección ni la más mínima referencia a Dios. Además, este filme pretendidamente “científico” pone en boca de Jesús palabras que nunca dijo. Barrachina insistió en la presentación a los medios que “los diálogos están literalmente sacados del Evangelio, aunque en otros contextos”. Pero, como bien señala Orellana, “jamás se había oído antes decir a Jesús: ‘¿qué puedo hacer para olvidarla (a María Magdalena)?’ o gritarle a María, su madre, ‘¿cómo te has atrevido a vender la espada de mi padre’?”. Para justificar otras ausencias, Barrachina argumenta también que “las Bienaventuranzas o el propio Padrenuestro son oraciones conocidas mil años antes de la vida de Jesús”.

Estas referencias bastarían para desacreditar un filme pretendidamente serio y riguroso, y para tomarlo más como una broma que como una película blasfema. Pero no es así, y por varios motivos. Por una parte, porque resulta molesto saber que algunas instituciones de nuestra querida Andalucía han subvencionado esta película tan ofensiva para la religión cristiana (Y es en nuestra Autonomía donde más intensamente vivimos la pasión de Cristo durante la Semana Santa). Y, por otra, resulta bastante insoportable ver a un Jesús gritón, malhumorado y constantemente airado, que sólo respira odio a los romanos en vez de amor a los hombres, que está en constante pelea con su Madre, y que no es más que un amargado tullido.

¿Dónde está el respeto a las creencias, garantizado por la Constitución? En el artículo 16 se dice que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española”. Quizás a la hora de subvencionar filmes debería primar el criterio de que las obras seleccionadas no ofendan al público. Eso, al menos, es lo que espera toda persona sensata.

(Ver aquí la crítica de Juan Orellana)

miércoles, 31 de marzo de 2010

"La Pasión de Cristo" y el misterio de la Sábana Santa

 La historia de la Sábana Santa, o más concretamente la historia de las telas usadas para amortajar a Cristo, es conocida por lo que narran los evangelios. Y, en este punto, el relato de San Juan señala que fue la disposición de esos lienzos (estaban como “caídos”, tal como había sido amortajado Cristo, pero sin el cuerpo en su interior) lo que le movió a creer al apóstol Juan (Jn 20, 6-8).

Según testimonios de la época, los judíos empleaban una gran sábana blanca tanto para descender a los crucificados como para embalsamarlos. En el caso de Jesús, el Evangelio nos cuenta que fue comprada por José de Arimatea: “Entonces éste, después de comprar una sábana, lo descolgó y lo envolvió en ella, lo depositó en un sepulcro que estaba excavado en una roca e hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro” (Mc 15, 46).

Gracias a los estudiosos de la síndone, sabemos hoy que la tira lateral que falta no es corte de época posterior, sino que se separó un pedazo de venda de la misma longitud que la sábana para atarla sobre el cuerpo de Jesús como mortaja.

Con esto tenemos dos piezas: la sábana y una (o quizás más) venda separada de ella para atarla como mortaja. Además, según el testimonio de Juan en su Evangelio, sabemos que hubo una tercera pieza de tela que él llama el sudario y que fue colocada en la cabeza: “y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio” (Jn 20, 7).

Este sudario, que seguramente es el sudario de Oviedo, no es sino un paño usado para tapar la cabeza del cadáver durante el descendimiento de la cruz y el traslado al sepulcro y que luego habría sido usado para envolver el rostro atando la mandíbula, de modo que no se abriera la boca del cadáver, tal como es costumbre en los amortajamientos judíos (Jn 11, 44). Hay una escultura de Juan Manuel Miñarro (escultor sevillano especializado en la sábana santa) que refleja exactamente este detalle, donde la tela quedaría bajo la barba y sería la razón de que estuviera ésta levantada y torcida, y también de que no aparecieran en la síndone ni las orejas ni la parte superior de la cabeza. (Tomo estos datos de Catholic.net)

Con esto en la mente, podemos entender qué es lo que vio San Juan y le proporcionó el indicio racional para creer en la resurrección de los muertos, que como testimonia el Evangelio, todavía no entendían: “y el sudario que había sido puesto en su cabeza, no plegado junto con los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio. Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó. No entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos” (Jn 20, 7-9).

Lo que vio San Juan fue precisamente la mortaja toda en su sitio y como si estuviera enrollada y atada, conservando un poco la forma del cuerpo que había envuelto, pero sin que este estuviera dentro. A eso se refiere el Evangelio con los “lienzos plegados” (o sea: atados y enrollados alrededor de la mortaja). Pero algo no cuadraba: el sudario, o sea: lo que se había enrollado alrededor de la cabeza del cadáver antes de envolverlo en la sábana, no estaba desatado, sino enrollado tal como estaría de seguir en la cabeza. Esto indicaba que el cadáver no había sido robado. Nadie que lo hiciera habría dejado las piezas de mortaja de esa manera. Esa es la luz que le llevó al entendimiento de lo que es la resurrección y a la convicción de fe de que Jesús había resucitado realmente.

Todo esto es lo que trata de reflejar la última escena de la película de Mel Gibson. Un fantástico plano-secuencia sugiere el momento en que se desliza la piedra de la entrada (los Evangelios afirman que la piedra estaba removida) y la toma termina con un primer plano de Cristo resucitado, mientras que al fondo vemos los lienzos sagrados que empiezan a caer sobre la roca, como si en ese preciso momento –el de la Resurrección- hubiera desaparecido el cuerpo muerto de Jesús. Les vemos caerse sobre sí mismos, atados y enrollados alrededor de la mortaja. Gibson muestra a los espectadores, justo en el momento en que sucede, lo que una vez terminado conmoverá a San Juan.

Os dejo con esta escena tan espectacular. Feliz Semana Santa.

miércoles, 14 de octubre de 2009

El rostro más identificado con Jesús

"Jesús de Nazaret" pasa por ser, para la mayoría de los críticos, la mejor película sobre Jesucristo hasta finales de los noventa. En todo caso, la más completa e impactante de las que se habían hecho hasta entonces. Posee una carga espiritual y piadosa que no se aprecia en los filmes anteriores.

Una de las claves de la película es el retrato físico de Cristo. Robert Powell consigue una interpretación llena de verosimilitud: parecía que había nacido para interpretar aquel papel. Su rostro será ya, para siempre, el que todos los espectadores identificarán con Cristo; y esto aunque sus ojos azules y sus rasgos nórdicos poco tengan que ver con los de un judío del siglo I. Ninguna de las posteriores interpretaciones de la vida del Mesías ha conseguido acercarse a la popularidad y atractivo de ese rostro. Muy probablemente, pasará mucho tiempo hasta que otra cara suplante en nuestro imaginario a la que ese actor aporta a la película.

La mirada de Powell, que movió a Zeffirelli a escogerle para el personaje, transmite la santidad y el amor que debía emanar la figura de Cristo. Algunos objetarán quizás su extrema solemnidad en algunas situaciones —lo veremos en detalle, en el último apartado—, pero lo cierto es que su interpretación es la más valorada por el público. La selección de textos que los guionistas pusieron en su boca ayuda también a la creación del personaje, al igual que la eficaz indicación del director de que evitara absolutamente cualquier parpadeo: la mirada limpia de sus ojos llega siempre al espectador, su divinidad se nos muestra siempre a través de su profunda mirada.

El presupuesto narrativo que parece sustentar todo el guión puede resumirse en un solo objetivo: reflejar la divinidad de Jesucristo. Esto resultaba decisivo en un momento en que, de su figura, se muestra casi únicamente su cercanía a los pobres, su condición de libertador de los oprimidos. El Jesús que vemos en la película rompe por completo con ese molde: Jesús es el Hijo de Dios, que ha venido a liberarnos no necesariamente de las estructuras sociales, sino de nuestros pecados; por eso el cambio que predica es un cambio personal: la conversión interior.

El origen de este Jesús es claramente divino, al igual que su modo de hablar y de actuar. La interpretación de Powell transmite, como decíamos, esa santidad y divinidad de Cristo; y, en ese sentido, es eficaz y convincente. La única objeción que se le ha hecho es que su dimensión humana queda, quizás por todo eso, un tanto desdibujada: no le vemos apenas sonreír ni llorar, ni parece alegrarse ni entristecerse, ni expresa los sentimientos que experimentamos los demás hombres. Es más Dios que Hombre: mantiene una sutil distancia frente a los hombres, como si no fuera uno de nosotros.

Con la sana intención de mostrarlo impecable y divino, resulta inalcanzable. Tampoco le vemos acariciar a los niños ni expresar su afecto. Es Dios, sí, pero no vemos la forma de hacernos amigos de Él. Sentimos el deseo de adorarlo y de seguir su palabra. Pero, con unos apóstoles tan llenos de vida, de carácter, de fuerza; con unos seguidores tan bien retratados y tan humanos, nos hubiera gustado descubrir a un Maestro que tuviese también una atractiva humanidad.